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jueves, 1 de marzo de 2012

Mamá, quiero ser traductora

Mamá, quiero ser traductora,
¡Oh, mamá! De textos, correctora,
con el diccionario, aunque sea un calvario,
hacerme glosarios y maquetar sin parar

Mamá, quiero ser lingüista,
¡Oh, mamá! Intérprete hispanista,
ver a mis clientes siempre sonrientes,
buscar referentes y especializarme en audiovisual

Mamá, por favor, compréndeme:
quiero ser traductora.

Ni siquiera sabía que existía la carrera de Traducción e Interpretación hasta que se publicaron las notas del selectivo y yo empecé a pensar seriamente sobre mi futuro académico (un poco tarde, lo sé, pero luego todo cobra sentido, seguid leyendo). Los idiomas no se me daban mal, así que podía estudiar una Filología, pero también me gustaba escribir y la mediación intercultural, por lo que no descarté Turismo o Periodismo. Después de darle muchas vueltas, llegué a una conclusión: no quería renunciar a nada. Necesitaba una carrera que englobara estudiar idiomas, conocer otras culturas, utilizar nuevas tecnologías y, además, que estimulara mi imaginación.

Allí estaba yo, hecha un lío y a la espera de que la inspiración divina descendiera sobre mí. Se me ocurrió acudir a San Google y buscar todas estas ideas juntas, a ver qué aparecía. Por suerte, fui a parar a un portal universitario donde aparecía la descripción de la carrera, las asignaturas y las salidas profesionales (aquí os dejo la descripción del grado en Traducción e Interpretación por la Universitat Jaume I). El perfil de estudiante era el siguiente: una persona dinámica, con facilidad para los idiomas, interesada en las relaciones internacionales y que tuviera capacidad comunicativa. Fue un flechazo a primera vista. Con Traducción e Interpretación no me iba a aburrir jamás, ¡podía aprender un cosa diferente cada día! Estaba decidido, me planté delante del televisor y pronuncié aquellas cuatro palabras de las que me enorgullezco cada vez más: «mamá, quiero ser traductora».

Al contrario de lo que nos cuenta mi queridísimo Ismael Pardo en su entrada, la noticia no fue bien recibida en casa. Pese a mi ilusión y entusiasmo, estudiar Traducción e Interpretación implicaba desplazarme todos los días en tren, ya que la universidad pública más cercana que ofrecía Traducción estaba en Castelló de la Plana. Eso, además de tener que levantarme a las cinco y media de la mañana para llegar puntual a clase, suponía gastar en mí un dinero extra que no teníamos. Mis padres intentaron convencerme de que estudiase «otra cosa que estuviera más cerca de casa», pero cuando algo se me mete en la cabeza, no paro hasta conseguirlo. Tras algunas discusiones, los convencí, no sin antes prometerles que no se arrepentirían.

Cuatro años después, siguen sin arrepentirse pese a ser los primeros en escuchar mi traducción una y mil veces hasta que me suena perfecta o soportan ver una película mientras yo no paro de preguntar en voz alta: «Y aquí, ¿que habrán dicho en inglés?». El apoyo de mi entorno ha sido muy importante porque hace que todo el esfuerzo personal valga la pena. Ahora, a punto de acabar y con mi crisis de final de carrera, les pregunto si piensan que tengo futuro y siempre me contestan: «Confiamos en ti, hasta ahora has conseguido todo lo que te has propuesto... pero a ver cuándo empiezas a traer dinero a casa, maja». Fuera bromas, ahora la percepción es distinta: en lugar de ser un gasto, soy una inversión.

Ahora ha llegado el momento de dar el salto a la gran pantalla. Después de haber estado estudiando Traducción e Interpretación durante cuatro años, quiero aportar mi granito de arena al mundo traductoril a través de este blog. Espero poder compartir noticias interesantes, inquietudes y curiosidades, además de dar rienda suelta a mi vena freak y poder hablar sobre comillas y cursiva sin que nadie me mire mal por ello.

Quedáis invitados/as a volver por aquí las veces que queráis.
¡Nos leemos pronto!